TZARA – EL ANTICABEZA (Fragmento)

 

                                                                                               Ilustración Gabian Spirit

En la segunda parte del Anticabeza, titulada “ Mediasnoches para gigantes”, Tzara inaugura una nueva fórmula forma de collage o de autocitacita otorgando un nuevo sentido mediante el recorte y nuevo montaje a textos escritos anteriormente, entre e ellos su única novela inacabada “Hagan juego”de la que ya incluimos gace varias entregas un fragmento. Hoy se añaden los dos  primeros textos de esta segunda parte del Anticabeza.

I

La marcha más ligera debido a la atracción de nuevos pasos, el aire sin aliento, entre las hileras de dientes que roen los caminos, las hojas arrugadas. Entre las miles de piedras que se apresuran hacia tierra abierta, cogí una al azar, un fruto de hierro y de goma subterránea. Ahora está encima de mi mesa. La toco con la punta de los dedos, como una descarga eléctrica en la periferia de un corazón. Un trozo de impasibilidad sólida, una boca de cabeza de muerto. El ojo no pudo cerrar sus párpados en las venas metálicas. Hay plantas e historias en el interior. Un campesino adinerado que iba al mercado un día se dio cuenta en su trayecto repentinamente pesado que el aire negro y vigoroso de la muerte atraía su hálito oscurecido. Se creyó acosado por bandidos y ocultó su bolsa bajo una piedra del camino. Unos pasos más allá, tenso y fulminado, arrastrado por el viento verdoso, cayó al precipicio. El olvido y su raíz se incrustaron en la piedra. Ésta creció en la caída.

¿Es la piedra con la que el niño cazó a los pájaros? Los pájaros picotean la hierba con sus colas desnudas.

Quizás se arrojó al idiota del pueblo. Tal vez la recogió.

El huevo de un animal con entrañas de de hierro, fibras de carbón, un cordón de nervios muertos, lavado por una memoria de colores confusos, pequeñas chispas percibidas por raros rayos adecuados.

Cuando la arteria se frota contra la arteria, cuando los ríos se desbordan y se unen con otros ríos, cuando el hombre se confía a otro hombre mediante las virtudes y la moderación, cuando un disparo de revólver abandona el puerto para la conclusión de un pacto recíproco y decisivo, el cielo repentinamente inmovilizado por nubes paralíticas, se cubre el rostro con desprecio – desaparece su maquillaje y fluye con las infelices muchachas por los bulevares. El cielo fluye sobre los bulevares con ese gran sombrero que llamamos llorona, como una chica infeliz gotea y fluye a lo largo de los bulevares que llamamos lloronas como chicas infelices.

¿Pero a qué verdad química nos empuja de golpe el tambor del cielo redoblando, como granos de sal arrojados en los reversos de los vestidos de vegetales que florecen admirablemente?

                                                                         II

El pequeño equilibrista en el fondo de la habitación cuyo cuerpo está retenido por un paseo aéreo fugaz me recuerda la historia de la muñeca desnuda por el pudor del tiempo. Era una noche gris en el campo. Era un día gris en el campo. La diferencia entre un gris y otro señalaba el día y la semana. El color se agitaba como una cometa de pájaros en un guante de piel sueca, que era niña empapada en otoño, niña delgada y acabada por el otoño – vida envuelta en una capa pesada y conmovedora de cansancio.

Fija tras el cristal de una ventana y los ojos regulados por la pequeña geometría del horizonte, así fluye la sombra del asesino, a lo largo de la pared, a través del filtro del follaje. Inmóvil, la cabeza encierra una rueda de lotería vertiginosa. El látigo acosa a los animales. Las sondas dolorosas. Las ondas de frescura, a veces. El abismo con episodios, el pedernal que rasca la piel, la velocidad de la fiebre que empuja el juego de bolos, la pelota que sube a la garganta, angustiosa, las garras que se incrustan en el pecho, el crucero que se separa ligeramente y se aleja en un espejo donde todavía querría mirarse con pesar y alivio. Todos los días, día humilde y noche humilde comienzan y terminan día pobre y noche pobre. El día se mezcla con la noche, ya no nos devoramos, ya no nos rompemos, ya no nos rasgamos, nos mezclamos con la palidez. Los ojos rapaces, la voz comprimida en un abrigo de caricias, los pilares del pasillo provocan en abanico la frialdad de una antigua tragedia. Levantado en pequeños destellos secretos, con labios temblorosos y vacilantes de llamas de velas para bendecir el agua fresca con un resplandor anónimo.

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