TZARA -PERSONAJE CON INSOMNIO (fragmento)

 

 

Terminada la traducción del “Anticabeza” de Tzara,llevo un mes inmerso en su siguiente obra “Personaje de insomnio”, cronológicamente coetánea de su capital “Cereales y Salvado” retoma ahondando las mismas ideas centrales de su único tema vital, el hombre y su relación con la sociedad.  Obra perteneciente a su estama surrealista, abunda en la relación con la mujer y en el sueño despiertoUn único “personaje”, hombre creciente, hombre con ramas el sastre divino va esbozando ideas y sentimientos a lo largo de XII capítulos, hoy traduzco por primera vez al castellano el segundo, que fué publicado por primera vez por Henri Béhar, autor de los seis tomos de las Obras Completas de Tristan Tzara en la revista Europe, nº 5555-56 de Juio-Agosto de 1975.

                                         EL HOMBRE CON RAMAS

Era una hermosa mañana del mes de marzo y el sastre divino apenas lo notó. Absorto en sus tareas diarias, de las que extraía sus medios de subsistencia, no se daba cuenta ya de que el trabajo había terminado por comerse su vida, tragándosela por completo, tanto que uno y otra se confundían sin dejar sitio a la libre interpretación de sus inclinaciones o incluso de sus tics. Había un porqué para rechinar los dientes. Y no es sorprendente que, duplicando el profundo asco que le inspiraba su vida repetitiva, su rebeldía tuviera que expresarse de manera exhaustiva, casi sin que lo supiera su conciencia corporal.

Vistas a través de la lupa de aumento del tiempo transcurrido, las ocupaciones a las que se dedicaba el sastre divino podrían ciertamente parecerle a distancia como sólidos dispuestos alrededor de una educación nebulosa, sin embargo en medio de ellos interviene el ligero cambio físico del orden establecido, del cual, como consecuencia, su vida tuvo que convertirse en subsidiaria. Estábamos lejos de pensar que estas ocupaciones, inscritas en moldes tan vivos como sutiles, y cuya naturaleza restrictiva ya no estaba en duda, hubiesen podido transformar los circuitos estandarizados de sus días en necesidades ciegas, automáticas y cerradas además de anónimas, bloqueadas, empaquetadas y enviadas a domicilio como lo eran los productos de consumo cotidiano. De hecho, terminaron por provocar una convulsión total en su vida y por darle un destino inesperado.

Fue una hermosa mañana del mes de marzo cuando esto comenzó de una manera imperceptible. Nada podía prever que una primavera ligeramente empezada con el olor a quemado y las falsificaciones del gusto, debutaría muy tristemente cargada de culpabilidad adicional. Nada hacía pensar que esta primavera particularmente contundente pero impotente para atenuar las exhalaciones de petróleo de las que los árboles eran las primeras víctimas, presas de las doctrinas de colores y de las y la audacia de los edredones, fuese sometida a la incidencia corpulenta y al tenaz tiovivo de alguna manera caído en lo inesperado. Al principio no se sorprendió en absoluto, el sastre divino constató que un botón parecía asomar en su deltoides derecho. Un botón como cualquier otro. Pero pronto, con la dureza inusual y puntiaguda de esta desintegración cutánea cada vez más parecida a la celulosa, reconoció que un brote real de un verde amarillo aún indeciso iba a irrumpir en el campo de observación aún baldío de su cuerpo.

Con las miles de consideraciones que arrastraba tras ella, una rama iba a crecer en pleno pecho. ¿Serían estas las consecuencias incongruentes de una especie de pirola escolar de la naturaleza? ¿Sería cierto que una primavera intolerante y sin escrúpulos fuese capaz de alterar el letargo aprendido al despertar de cándidos imponderables en unos en cálices no aptos para la germinación?

Así se equivocan, en un cielo rancio, las culebras que orienta la trama de una estrella. Una sombra de cactus, como digo yo, una barca de enmarañadas maniobras, una floración intempestiva de prematura de aretes, un reverso de tempestad y su arena aurífera dan a las alfombras ganadoras los cortes favoritos de su gran prestancia. Las muchas savias, guiñando el ojo, trepan a las troneras de azúcar mientras alrededor del estanque trenzado en la cestería de los heleros

una imborrable palidez finge romper el amanecer maduro

cada reflejo de luna retrasado entre las ramas

reúne en su rostro el oro de los locos asedios

y los tibios escarlatas de los atardeceres de monte

como un trineo de luz

rezagado de las miradas

y un carrusel de terrazas envuelto por filamentos de iris

como un silencio níveo

se alarga más allá de los bosques

y baja los miembros cansados desmesuradamente disueltos en la lentitud de los

fermentos

las laderas transcurridas en la neutralidad de las caras

por una fugaz desesperación de flotación

y esto, sin prejuzgar la ansiedad que aumentaba para el sastre divino a medida que el fenómeno primaveral de error adquiría en él una apariencia más decisiva. Lo arponeaba en crecientes ondas de luz, inmovilizándolo justo en medio de las marcas de agua de su época. No son solamente mil imprecaciones que lo invadieron con sus tormentos sin desbastar al ver la rama creciéndole en pleno pecho, sino que ya sentía como si, de repente, se hubiera vaciado de lo que había sido su vida hasta entonces. Se habían derramado en él, por un orificio invisible, inmensos objetos habituales y heterogéneos. Un monstruoso batiburrillo resultado de un barrido insospechado y prodigioso formado por elementos decorativos útiles para literas de lujo a juicio de los enamorados. Su cabeza daba tantas vueltas que estaba dispuesto a agarrarla, como una bufanda al viento, el primer pensamiento que prácticamente hubiera podido emplear para recuperar el aliento. La miel del recuerdo penetraba la incómoda tierra del vértigo, dándole una apariencia de solidez. Y esto, a pesar de los excesos de dulzura y decadencia cuya secreción es capaz de fertilizar las almas refinadas. El sastre divino todavía no sabía si, en cualquier caso, la rama una vez crecida, podía suprimirla y, de alguna manera, continuar su existencia diaria, esta obra de orfebre cuyo resultado, por la bifurcación de sus entresijos tenía que ser considerado de antemano nulo e inválido. Tímidamente, otros brotes surgieron en diferentes partes de su cuerpo. Decidió cortar, haciendo así material y explícita una representación de castración cuya idea lo había seducido desde hacía mucho tiempo, el pedúnculo que, por los problemas que le causaba, comenzaba a molestarle considerablemente. Pero con notable violencia, el pensamiento, en su espinoso aspecto moral, se instaló en él, según el cual le era imposible hacerse culpable de semejante crueldad. ¿Acaso la rama ya no formaba parte de él mismo? Y los temores de que, de una forma u otra, las consecuencias no le fuesen fatales, lo llevaron desde ese momento a transigir dedicando a su nuevo estado un sentimiento en el que el dolor y la ternura se mezclaban en dosis variables pero igualmente atrevidas en términos del sacrificio que ya había exhibido en él sus insignias dolorosas.

Así se abraza de nuevo la totalidad de las cosas de las que no es inútil señalar que, aunque algunos períodos tenían lugar entre las naturalezas concebibles, su gran eternidad es solo una culpa dirigida, por orden de rarefacción de los eventos sensibles, a la marea que surge de nuestro delirio de voluntad. Podemos decir que una inflamación secular, desdeñosa de las concordancias ilusorias, que ocurre en un punto perpetuamente móvil de la razón del mundo satisface la laguna singular de un estado mental perecedero, pero que el mantenimiento en estado endémico de semejante condensación de poderes de ruina dentro del marco limitado de una sola personalidad, exalta a la larga el desacuerdo pernicioso de los reinos naturales.

Tan pronto el aliento de la fragua se desvanece, cuando un destello de odio interrumpe su predominio en relación con la vista, tan pronto elimina la luz indeseable restaurando el principio de su poder primordial. Pero siempre con vistas al fuego sin máscara ni leyenda se elabora la memoria sobre la pradera

antes de que llegue el día en que cosecharemos la almendra amarga

en las comisuras de las noches sin repeticiones donde se contradice el fuego de los

labios

incrustado de sol el amor en la en la boca líquida de un horizonte en marcha

conserva los gestos desesperados del vacío

como el endiablado balanceo de las noches plagado de nuestras fugas jirones de

islotes en el conjunto de los desastres de los alcaloides

arrastran solitarios miserables a la boca del despertar del aligator

una melena juvenil

aquí pienso en ti huyendo abrazo aire puro inadmisible oh inabordable soñadora

el camino bordeado de suaves manos de mujeres

apuñalando petirrojos

pectorales de piedra mezclados con suavidad recinto de artimañas

que envenenan las alas maduras ampliamente en la persistencia de los límites

mientras que las ramas crecen sobre el cuerpo del divino sastre, y como indomables se inician los poderes de su lenta naturaleza. Aquí está al borde de una capa de precipicio y celosía de lo que debe poner fin a las innumerables habladurías de las que la vida de cada uno entre nosotros es el reflejo.

Ya sea gracias a las coronas de flores de los albaricoqueros o a la espuma rápida de picaduras maliciosas, ambas favorecen si no provocan, los desarrollos sin sentido de la melancolía sin adornos.

Múltiples y coherentes signos llegaron a susurrar un poco por todas partes su rápida alegría de vivir y brotes delgados aparecieron en el cabello ya abundante del sastre divino. Por sus muslos y sus omóplatos, por sus antebrazos y sus tobillos, una fuerza odiosa incrementaba, no sabemos por qué absurdos relaciones de profundidades, reencarnaciones inevitables. Las hojas emergentes se insinuaban ya en los recovecos de sus bolsillos y en los refugios plegables de paja húmeda con la insolencia de los seres dispuestos para las luchas de la luz y seguros de su existencia sin dilema. Poco a poco, el singular destino que se había apoderado de su cuerpo, que al principio le intrigaba, con respecto al cual el sastre divino había alimentado una ternura casi perversa mezclada con una curiosidad inconfesable mientras ella buscaba en una tierra extranjera, le volvió bastante querido para invertir toda su libertad completa. A pesar resistencia, hábilmente despejada, de los preceptos morales, se decidió – ¿o más bien no se sometió a una concurrencia de circunstancias abrumadoras y apresuradas sin preocuparse demasiado por el mundo de las repercusiones sentimentales donde le arrastraba esta brasa de delirio? – a ocultarse de los hombres. Su fobia, junto con su amor por la soledad que a menudo se confundía con un narcisismo de los más compasivos, llegó a unir su paisaje interior y la horrible historia cuyos maravillosos meandros seguía, ausente el sastre divino seguía.

Cabe señalar que este examen interno no era sino de carácter pseudonarcisista, porque solo tenía en cuenta los atributos de su superestructura vegetal. Y a pesar de la insuficiencia de las palabras para perseguir confrontaciones milimétricas en el galopar de las cabezas, era perfectamente obvio, de una obviedad de romperse los dientes, que su nueva condición que carecía de un lenguaje correspondiente obligaba al sastre divino a alimentarse de raíces, la influencia de la superestructura en la estructura le lleva naturalmente a esto. Además, para que no se pueda establecer sospecha de traición en esta dirección, a pesar de su conciencia aún virgen hasta ahora de cualquier experiencia de incesto y aerofagia, liberado como estaba de prejuicios hacia las convenciones de vegetales y animales, debe añadirse que evitaba cuidadosamente satisfacer su hambre de raíces y cortezas ladridos que se parecían a aquellas de las cuales él mismo era alternativamente esclavo y amo.

En ningún orden de tristeza apropiado para el paso de categorías por grados de magnitud, donde se encajan, hasta la saturación, las acusaciones subyacentes hacia las correspondencias maníacas, hay espacio para denunciar razonablemente la pobreza de un hombre que, sin que él lo sepa, cae del día al día siguiente víctima de una extraña conspiración. La naturaleza tímida y delicada del sastre divino le ayudaba en los procesos de su abnegación y lo predestinaba a la singularidad de costumbres en adelante florecida por una empresa tan vasta de evolución y favoritismo.

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